Mucho se ha dicho y escrito sobre Sísifo y su condena, pero pocos saben que aquella leyenda, o más bien mito, no es más que una historia de amor. Se piensa que Sísifo se vio obligado, día tras día a cargar con una pesada roca por una empinada colina, nadie se puso a pensar en la alegría del hombre cada vez que llegaba el momento de caer, de delizarse a toda velocidad y sentir el vértigo en su estómago, la adrenalina de una caída libre junto a su querida roca. Porque sí, aquella roca es una metáfora (maldigo a los intelectuales y su retorcida literalidad). No hay otra cosa en aquella roca que un corazón, brazos, piernas y un amor, el amor para Sísifo, las caricias para Sísifo y los abrazos incontenibles para Sísifo. A ningún estudioso se le ocurrió mirar el pasado de Sísifo como el mismo protagonista: con orgullo, con la sabiduría de un hombre adolorido y cicatrizado, con los fantasmas y los cambios de piel a cuestas, pero con la satisfacción creciente de haber hecho si...