Hipérbole

Confiesa ya, mujer!

Cuándo fue que torturaste al universo, para obligarlo concentrar su glorioso significado detrás de tus ojos.

Cuándo fue que paseaste a las bestias del máximo Satán, para que te debiera un favor. 
Y cómo es que se lo cobraste luego, para que te otorgara sus encantos.

Cómo es posible que hayas coqueteado con la tormenta perfecta, que te envolviera y te amordazara, para luego salir disparada, toda radiante y casi ilesa.

Cuántos siglos te tomó hilar la intrincada trama de mundos que conectan tu enorme curiosidad. Y que deambulan desinteresadamente por la acera, indiferentes a su propia belleza. 

Explícame, mujer, que no me cuadra. Explícame, por favor. 

Si me detengo mucho rato a mirarte, suelo quedarme sin tiempo para llegar a ver todo cuanto puedes mostrar. No eres infinita, claro, pero hay en tí una clara tendencia a la infinidad. 

Uno podría tomar un puñado de segundos, lanzártelos desafiante, y verlos relucir luego en las palabras que salen de tu boca, o en el garbo gracioso de tu torpeza.

Dime la verdad, mujer. Dime y no me mientas. 

Cómo te volviste la favorita de dios, cómo lo chantajeaste, cómo lo convenciste de darte vida, de modelarte tan regiaestupenda, de regalarte tus dones y de disimularte cuidadosamente, para que nadie se diera cuenta.

Pero yo me di cuenta. Yo te vi. Descubrí tu estrategia, mujer. Así que ahora, por favor, confiesa.

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