De cuando Camila y Waldito Leshuga se conocieron
Había una vez una linda cucharita que no se lavaba las orejas. Tanto así que un día quedó sorda. Ay que terrible! Porque sus amigos le hablaban y le hablaban y la pobre parecía que no escuchara.
Budum tsss
Había otra vez una tierna verdura llamada Waldito Leshuga, hijo de la señora Lechuza y del señor Tortuga, que conoció un día de primavera a la bella Camila, hija de la señora Camaleona y el señor Gorila.
Fue todo en medio de un rumor apocalíptico. No de jinetes voladores pero sí de zombies mutantes más chicos que un grano de arena. Eran todo un ejército, y obligaban a los futuros enamorados a mantenerse a raya, lejos de ese bicho tóxico y contagioso que es el amor.
Partieron de a poco. Waldito Leshuga le contó de su historia, de sus primeros brotes y de las mutilaciones que sufre toda lechuga comestible. Le habló de su lluvia preferida y del cosquilleo que le producían las chinitas en sus hojas. Camila, por su parte, también le compartió su historia. Partiendo por explicar que su semblante más que cambiar de color, como ocurre usualmente con los camaleones, solía cambiar de forma con gran facilidad. Le mostró también cómo era capaz de llevar en su espalda toneladas y toneladas de angustiosas cargas. Distraída, Camila no se daba cuenta del orgullo en sus ojos ante tales destrezas, pero Waldito Leshuga sí lo notaba, y no exageramos al decir que se le caía la baba mirándola, viendo por ejemplo cómo desenrrollaba su enorme lengua para tragar unicornios y mariposas, que constituían la base de su alimentación.
Eso sí, el horror apocalíptico les refrenó las pulsiones y les puso varias pruebas antes de poder devorarse como dios manda. Les salió difícil la jugada, les complicó una serie de cosas que no mucho tenían que ver con el amor: 1. Los zombies enanos. 2. Jamás se había visto antes a una Camila arrejuntarse con una lechuga, cosa rarísima, dirían las viejas metiches. 3. Ambos ponderaban muy alto sus soledades, y les resultaba complicado deshacerse de ellas porque cada cual ya estaba bastante encariñado con la suya.
Pero finalmente se quisieron. Se empezaron a querer como quien rompe un huevo, sin vuelta atrás (sepa disculpar la poco sofisticada metáfora). Se siguieron queriendo como quien descubre una canción y necesita oirla una y otra y otra vez (esa estuvo un poco mejor, no?). Y se quieren ahora como quien abraza el cielo y le estruja las nubes para refrescarse en un día caluroso (no sabría decir si esa fue buena o mala).
Camila y Waldito Leshuga caminan juntos ahora, sin perderse en el futuro y sin comerse su pasado. Simplemente se dan la mano y se acompañan, tan libres como enamorados, mientras coleccionan bellezas y tesoros que luego se comparten a la hora de la cena.
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