Bicharracos cuánticos

La pequeña Camila se entusiasma cuando entiende que puede hacer luz a partir de una pila y un par de cables. O se le acelera el pulso cuando, al sentir el exquisito olor de un pastel, se da cuenta que es capaz de hacerlo con sus propias manos. 

La pequeña Camila camina en línea recta, de la mano de muchas manos, bien segura y acompañada. Y claro, cuando el entusiasmo la desborda, se larga hacia adelante más rápido de lo que su ligero carácter es capaz de aguantar. Aún es muy pequeña, y aún no hay templanza que le afirme los pies en la tierra.

La pequeña Camila se bifurca como si fuera una carretera. Elige ser dos, tres, cuatro o cien Camilas. Se forja en cada tramo como una herramienta útil y funcional. Se deja querer lo mismo que ella aprende a querer. Se divierte, sobre todo aprende a disfrutar en las mil bifurcaciones que se obligó a tomar, y ya no hay muro o choque que la detenga. Si aparece una roca en su camino, simplemente se desdobla y sigue dos nuevas direcciones.

Conforme va creciendo, la pequeña Camila se ha vuelto hermosa, su pelo y su cuello parecen maridar un rostro brillante, lo acompañan como una figura simétrica y juguetona, y le salpican belleza en cada pedacito de piel. Una belleza sonriente, tanto si corre el viento o no, tanto si hay luz o no, tanto si llueve o no. Está envuelta en un montón de bicharracos cuánticos, por cada bifurcación ha sacado algo para la gran Camila, y su increíble belleza no puede ser explicada en la física tradicional. Su tiempo y espacio siguen otras reglas, porque se partió en tantas Camilas que es imposible ofrecer al lector alguna coherente causalidad entre sus años de vida y su misterioso carácter, o su explosiva alegría, o su inmensa inteligencia.

Camila, la grande, parece haber despertado de su sueño cuántico, y en lugar de equiparse como una heroína de ficción, en lugar de agarrar su forjadísima templanza, su contagioso nerviosismo o su brillante sesudez, y erguirse como una mujer soberbia, en lugar de todo eso, se asusta y se quiebra frente a la incomodidad de un mundo sin bifurcaciones, esas que le brindaban seguridad y confort, y que de pronto desaparecen como un capricho maldito que no entiende ni quiere.

Camila se escapa en un acto reflejo, se oculta por puro instinto en sus caminitos para cuidarse de todo y de sí misma. 

La gran Camila se imagina una nebulosa de miedos, aunque tal vez no tanto, porque en el fondo tiene muy claro que guarda consigo un cachito de ese entusiasmo de la pequeña Camila, una cosa inmensa que le brota como un pulso insistente y porfiado, que quiere salirse del pasado y agarrar vuelo ahora mismo y mañana y después de mañana. 

La gran Camila entiende que este entusiasmo no apareció de sus exploraciones bifurcadas. No, esa cosita infantil venía por defecto, es una cualidad de fábrica que ni los más oscuros confines del universo podrían hacer desaparecer. Y en su caso, es justamente su carta de presentación. Es su magnetismo que mantiene en órbita a todos los que la quieren. Es la invitación para hacer el camino de vuelta a través de su enmarañada trama de bifurcaciones, y conocer a la Camila real, la del entusiasmo puro y refinado, la de las cicatrices cuánticas.

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